No puedo gritar. Mis labios están abiertos, desgarrados
hasta las comisuras babeantes: alarido sin oyentes. Tengo que estar, decir,
comer, escribir, bañarme. Siluetas se mueven y articulan sonidos con
titiriteros mancos. Si creyera en Dios estarías en el cielo; tendría el consuelo
de verte con alas que te estorban. Hubiera querido que se me fuera también este
dolor, este inmenso dolor que siento y no me deja vivir sin pensar en matar a
alguien; matar al único ser indispensable del mal nacido que te asesinó para
que sufriera él, al menos un poco, lo que estoy sufriendo yo. No estarías de
acuerdo. Déjame ser tan ruin como me hace ser esta sinrazón. Déjame querer que
se permita la pena de muerte para los seres más queridos de los asesinos y sepan
lo que sienten tus papás. No quiero ver a nadie que no te haya querido. No quiero
saber de nadie que no supiera de ti. Me dejaste la ciudad minada; en cualquier
esquina puedo verte caminando y yo, contigo, recogiendo cada segundo de vida
que me quedaste debiendo. Odio Caracas porque ahí te mataron. Amo Caracas
porque tú la amabas. Qué sombras tan siniestras veo sin ti. Quiero tener lo que
me falta para estar en paz después de lo artero; pobre infeliz buscando un
segundo de redención. Voy a creer en tu Divina Pastora, lo necesito. Voy a
increparla amablemente porque no la entiendo. Voy sentarla a la mesa de la cena
que te haga. Voy a rogarle con devoción que me acerque a ti. Quiero volverme
aire para alcanzarte. No puedo encontrar todavía ese escondite donde dicen que
voy a conformarme con los buenos momentos. Nosotros sabemos que fueron muchos
y, sin embargo, no les creo. No puedo aceptar que no estés. Maldigo tu momento distraído
para irte, a la muerte enamorada y a
la vida desatenta. Ricardo, Ricardo,
mi Richi, Richilob, querido, mi vida: No me dejes con este dolor tan jodido. No
me dejes impresa en las pesadillas de Reverón. Otros pueden decir que te deje
ir. Sólo quiero que las agujas de tu ausencia no me impidan estar a tu altura
en los rascacielos de los muertos; quiero verte brindar frente a mi padre con
un whisky en las rocas y a él con un jaibol. Quiero estar de polizón en el
viaje al que no me invitaste y escuchar cómo imitas a los maracuchos, que
irrumpan tus carcajadas hasta la tumba de Cri-Cri. Tu voz grave leyendo a
Vallejo, cocinando un asado negro sin saber lo que la Luna te ve.
No
soporto que no estés y en el fondo de mi ser creo que el universo tampoco.
*Texto de Carmina Narro, transcrito de la revista Día Siete.